Enhorabuena. Has comprado IA.
Ahora tienes lo último. Lo más avanzado. Lo que están haciendo todos. El consultor fue muy convincente. La demo era preciosa. Los casos de éxito, impecables. Y el ROI proyectado en el PowerPoint tenía dos decimales — señal inequívoca de rigor.
Firmaste. Bien hecho.
Ahora viene la parte que no estaba en el PowerPoint.
El dato. La IA necesita datos. Limpios, estructurados, consistentes y accesibles. Los tuyos llevan años en tres Excel diferentes, un ERP que nadie termina de entender y una carpeta de Outlook que solo sabe manejar una persona que está de baja. Sin problema. El consultor tiene una solución para eso también. Con coste adicional, claro.
El proceso. La IA necesita procesos definidos. Los tuyos funcionan porque llevan años funcionando así — nadie sabe exactamente cómo, pero funcionan. Cuando la IA intente ejecutarlos, replicará esa ambigüedad. Más rápido. A mayor escala. Con total confianza en cada error que cometa. Sin problema. El consultor tiene una solución para eso también.
La dependencia. Ahora tu operativa vive en la plataforma de alguien que no conoces, en servidores que no controlas, con condiciones que pueden cambiar el año que viene. El día que el proveedor decida subir el precio, cambiar el modelo o simplemente desaparecer — cosa que en el sector tecnológico ocurre con una frecuencia notable — tendrás un problema interesante. Sin problema. El consultor tiene una solución para eso también.
El plan de contingencia. Cuando la IA falle — y fallará, porque todas las herramientas fallan — alguien tendrá que ejecutar ese proceso manualmente. ¿Está documentado cómo hacerlo? Silencio.
Antes de comprar la idea, compra el diagnóstico. Entiende tu proceso. Limpia tu dato. Define el problema real. Y entonces — solo entonces — elige la herramienta.
La tecnología óptima emerge del problema. No del catálogo del proveedor.